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Ignác F. Semmelweis: partos, infecciones y muertes
 

El día 1 de julio se cumplen 195 años del nacimiento, en 1818, de Ignàc F. Semmelweis. En conmemoración de dicha efeméride reproducimos a continuación el artículo sobre su vida y obra escrito por el Dr. José María Riol Cimas, Profesor Titular de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad de La Laguna y miembro del Aula Cultural de Divulgación Científica. El artículo se publicó en el periódico “Diario de Avisos”, de Santa Cruz de Tenerife, y está disponible en su formato original en la sección “Biblioteca” de esta página web.

Ignác F. Semmelweis: partos, infecciones y muertes.

El trece de agosto de 1865, entre penosos delirios, un hombre moría en el manicomio de Viena donde había sido internado dos semanas antes. El informe de la autopsia señalaba que su muerte se había producido por una septicemia, una infección generalizada provocada por una pequeña herida en un dedo de la mano derecha, que supuestamente se había hecho con un bisturí cuando practicaba una intervención quirúrgica. Más de un siglo después se supo que, ciertamente, murió debido a la infección, pero provocada por las heridas causadas por el personal del manicomio en una brutal paliza, algo habitual en aquellos años cuando se pretendía reducir a enfermos psicóticos agresivos. El hombre que murió aquel día se llamaba Ignác Fülöp Semmelweis, había nacido en Budapest el uno de julio 1818, tenía cuarenta y siete años y era médico.



Así terminó sus días quien cambió el curso de la Medicina al demostrar en 1847 la naturaleza contagiosa de las fiebres puerperales o del parto, y establecer la necesidad de la higiene en los actos médicos. Semmelweis no vivió para ver reconocido su trabajo. Y no sólo eso: durante muchos años después de su muerte seguirían falleciendo mujeres a consecuencia de las infecciones contraídas tras el parto, por la negativa de la mayoría de los médicos a aplicar los procedimientos higiénicos propuestos por Semmelweis.

La suya fue una vida atormentada por la incomprensión y el menosprecio de sus colegas. Esto le condujo a vivir permanentemente a la defensiva, en conflicto con el mundo; a calificar como ignorantes y asesinos a todos los que no seguían sus protocolos higiénicos. Los últimos quince años de su vida fueron años de incansable lucha y sufrimiento que le llevaron a la autodestrucción, y terminaron haciéndole perder la razón por su incapacidad para gestionar las adversidades de su vida. Algunos biógrafos afirman que Semmelweis fue el peor enemigo de sí mismo.

Todo había comenzado en 1846 cuando el joven Ignác, entonces de naturaleza alegre y bromista, se incorporó como médico ayudante a la primera de las dos unidades de la clínica obstétrica del Hospital General de Viena, poco antes de cumplir veintiocho años. Allí se enfrentó a lo que le atormentaría el resto de su vida: la mortandad entre las parturientas debida a las fiebres puerperales.

Para obtener una solución, Semmelweis se dedicó intensamente a la práctica clínica, a las autopsias y a la utilización exhaustiva de la Estadística a partir de los datos existentes en los archivos del Hospital General; obtuvo así información inquietante. En cada una de las unidades parían cada año entre tres mil y tres mil quinientas mujeres, pero le llamó la atención que, si bien la mortandad tras el parto en la primera unidad era por término medio del 20%, llegando a superar ocasionalmente el 40%, en la segunda unidad escasamente llegaba al 2%. La única diferencia entre las dos unidades estribaba en que la segunda era atendida por comadronas, mientras que la primera lo era por médicos y estudiantes de Medicina. Estos pasaban consulta después de hacer las autopsias del día, en muchos casos a mujeres que habían muerto por fiebres puerperales.

Por aquellos días su amigo y colega Jakob Kolletschka sufrió un corte durante una autopsia y pocos días después murió por una infección masiva, al parecer debida a la “inoculación de partículas del cadáver”. Cuando se le hizo la autopsia, su organismo presentaba el mismo aspecto que Semmelweis había visto muchas veces en los cadáveres de mujeres muertas por fiebres puerperales. Así llegó a la conclusión de que se trataba de la misma enfermedad, y de que la “intoxicación cadavérica de la sangre” la transmitían los propios médicos y estudiantes, al explorar a las parturientas tras haber practicado las autopsias del día.

Inmediatamente puso en la puerta de la primera unidad de la clínica obstétrica un aviso que decía lo siguiente: “A partir de hoy, quince de mayo de 1847, todo médico o estudiante que salga de la sala de autopsias y se dirija a la de alumbramientos, viene obligado antes de entrar en ésta a lavarse cuidadosamente las manos en una palangana con agua clorada dispuesta en la puerta de entrada. Esta disposición rige para todos. Sin excepción. I. Semmelweis”.

Esto fue el principio del fin. A pesar de que rápidamente la mortalidad pasó del 20% al 1%, menor incluso que la de la segunda unidad, sus ideas fueron rechazadas. Muchos médicos se sintieron agraviados al ser considerados por Semmelweis transmisores de enfermedades. Incluso grandes científicos se manifestaron en su contra, como Rudolf Virchow (1821-1902), el precursor del estudio de la patología celular, famoso por ser el primero en afirmar que toda célula procede de otra célula (Omnis cellula ex cellula).

Semmelweis desconocía cual era la causa última de la mortal enfermedad, pues todavía faltaban treinta años para que Louis Pasteur (1822-1895) y Robert Koch (1843-1910) establecieran la relación entre microorganismos y enfermedad, pero los hechos le decían que la enfermedad se producía porque había algo que era transportado por los médicos desde la sala de autopsias a la de las parturientas. Desde hace más de un siglo se sabe que es la bacteria Streptococcus pyogenes la causante de las fiebres puerperales.

En 1861, Semmelweis publicó en alemán su obra titulada Die aetiologie, der bergriff und die prophylaxis des kindbettfiebers (La etiología, el concepto y la profilaxis de la fiebre puerperal). El libro es el resultado de la rabia acumulada durante los muchos años que su trabajo fue ignorado. Es un libro que dedica un buen número de su medio millar de páginas al ataque a quienes no seguían sus protocolos, antes que a la exposición clara de sus ideas: es una obra confusa y repetitiva. Es la obra de alguien que ya estaba gravemente enfermo.

Las ideas de Semmelweis acerca de la necesidad de la asepsia fueron posteriormente recogidas y ampliadas por Joseph Lister (1827-1912), el primero en utilizar fenol, entonces llamado ácido carbólico, como antiséptico eficaz para combatir infecciones.

Figura: Ignác F. Semmelweis (1818-1865) en un sello de Hungría de 1954. La imagen de este sello de correos se ha utilizado exclusivamente con fines docentes y divulgativos, sin ánimo de lucro.

Categoría: Publicaciones Recomendadas.

JMRC.
ACDC. 01Jul2013.


Enviado el Lunes, 01 julio a las 10:44:41 por divulgacioncientifica (1323 lecturas)
 
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